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DIVERSIDAD SEXUAL

ACERTIJO

 Un padre y un hijo viajan en coche y tienen un accidente grave. El padre muere y al hijo se lo llevan al hospital porque necesita una compleja operación. Llaman a una eminencia médica, pero cuando llega y ve al paciente dice: "No puedo operarlo, es mi hijo".

¿Cómo lo explicas?

 
ACERTIJO DE LA BBC MUNDO

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TUS REGLAS, TU CUERPO. CARTA A UNA NIÑA SOBRE SU PRIMERA REGLA.



Querida J:

Este probablemente es tu año. O lo ha sido. O lo acaba de ser. O estás deseando que lo sea. Quizá tienes 11 años y la llegada de tu primera regla te ha parecido de lo más inoportuna. Tal vez tengas 15 y te estás impacientando. ¿Por qué ya he pasado la franja entre los 12 y los 14, en la que me dijeron que era “normal” que llegase? Primera palabra para sacar de tu vocabulario menstrual. Normal. Tu regla será tan normal como lo es tu cuerpo. Es decir: única.

La regla es de todo menos algo regular, esperable, definido. Al menos al principio. Con el paso de los años -y esta es una de las partes divertidas- conocerás perfectamente sus pautas, sus frecuencias, sus texturas, los estados de ánimo (cambiantes) que conlleva. Y aun así, te sorprenderá. Porque no hay dos reglas iguales, ni dos ciclos idénticos. Dedícate a ensanchar (si es con ayuda de amigas, buenos libros y webs, mejor) los estrechos términos con que nos empaquetan esta cuestión. No es algo jodido, aunque a veces nos sintamos vulnerables con ella. Tampoco es algo sucio, aunque mancha. Sí, la sangre suele manchar. Se dice sangrar.

Pero lo que llamamos regla es mucho más que los tres o cuatro días de sangrado. La regla es un ciclo. De más o menos 28 días. Volvemos a la falta de pautas normales, aunque sí, la media elaborada entre las mujeres que ha vivido a todo lo largo de la humanidad ha arrojado este número mágico, 28, que coincide con la duración de los ciclos lunares. Tú ya verás cómo interpretar esta coincidencia. Pero tal vez tú seas una mujer con el ciclo breve, de 21 días, o el ciclo generoso, de 33.

Vale, pero espera, lo de “ser mujer”. No me lo salto. Seguro que lo has oído o te lo han dicho asociado a la llegada de la primera regla. “Ya eres mujer”, “pronto serás mujer”. OK. ¿Y hasta ahora qué era? ¿Un proyecto de ornitorrinco? ¿Un ser indefinido? Pues no, eras igual de mujer (o no, porque a estas alturas está muy claro que hay mujeres con pene y sin regla; hombres con un par de ovarios y personas que no se definen bajo ningún género. Aunque esto daría para otra carta). Pero, vamos, que la regla no te hace ser mujer. O al menos, esa mujer. Porque lo que contiene esa frase no es solo “ya eres mujer” si no, ya puedes ser madre, es decir, ya eres una mujer fértil (y de rebote, heterosexual). ¿Y si no fueras ninguna de las dos cosas? ¿Seguirías siendo mujer? Pues claro. Lo de que te puedes quedar embarazada a partir de ahora sí me lo salto, porque en eso se basa casi toda la información sobre la menstruación que habrás recibido.

Pero volvamos al periodo. Encontrarás tantos eufemismos para nombrarlo como decimales tiene el número π y, ya puestas a jugar, juega a ponerle el tuyo. Muchas veces la regla se te hará larga e inoportuna. Otras vendrá y ni te enterarás. Unas se anunciará con fanfarrias de dolor de cabeza y útero (si hay dolor excesivo, esto sí que puede no ser normal y sí ser síntoma de algo tan silenciado como la endometriosis), nubarrones de mal humor y otras con ataques de euforia. La sangre mensual (de ahí el nombre del mes) llegará cuando el óvulo que tu ovario (cada mes trabajará uno) elija uno entre los varios ovocitos de tu reserva antral (montones de folículos, es decir, óvulos en potencia, que residen en tu cuerpo desde incluso antes de que nacieras). Es como si tu ovario montara un Factor X o un La Voz Kids entre varios ovocitos y al final, solo pudiera quedar uno. Si no se encuentra con ningún espermatozoide después de ganar el casting y ser lanzado desde el ovario hasta los procelosos mares de las Trompas de Falopio, ese óvulo decide independizarse del útero. Y salir del cuerpo, llevándose consigo parte de tejido del endometrio (las paredes internas del útero, que yo siempre imagino como el jugoso interior de un higo).

De ahí que a veces haya coágulos y tejidos entre la sangre. No pierdas la oportunidad de observar tu sangre. Es un líquido mágico. Mira los vampiros, que han creado toda una cultura en torno a eso. Para ver tu sangre lo ideal es la copa menstrual. Pide una, cómpratela. Aunque esta chapa de biología debería estar a mano en cualquier libro de Ciencias o incluso en los cartones de leche como servicio público (no en vano es algo cotidiano para una parte muy numerosa de la humanidad), te lo cuento porque me sigo encontrando a mujeres que llevan conviviendo muchos años con el ciclo menstrual sin saber muy bien qué es.

Investiga. Las hormonas que determinan el ciclo determinarán también muchas veces tu estado físico y de ánimo. Conoce los superpoderes de la progesterona y el estradiol. Conoce las distintas partes del ciclo: preovulatoria, ovulatoria, lútea y menstrual. Transforma toda la vergüenza y la negación que rodean esta cuestión en orgullo. No lo ocultes nunca (a menos que no te apetezca compartirlo con alguien, y estará bien). Busca mujeres maravillosas que investigan y divulgan acerca de la regla. Ten curiosidad por un fenómeno que a veces puede ser engorroso (siempre te llegará un día que sales de viaje, yupi) y doloroso (aprende a nombrar este dolor y en la medida de lo posible, permítete vivirlo como quieras, acompañada de ibuprofeno o tumbada a oscuras, sin hablar con nadie o viendo tus pelis favoritas). Pero tú siempre acuérdate de que tendrás amigas. Tendrás amor. Si a alguna pareja sexual le da “asco” tu regla es problema suyo, pero si a ti tampoco te mola tener sexo durante alguna de las partes del ciclo, respétatelo.

Recuerda, cada cuerpo es un mundo, cada regla un planeta, cada ciclo un universo, y cada parte del ciclo una oportunidad para conocerte, vivirte, amarte, empoderarte y estar cada vez más a gusto con tu cuerpo mutante y cambiante. Tu cuerpo, tus reglas: tus reglas, tu cuerpo. Ah, y un último consejo: el agua oxigenada saca de lujo las manchas de sangre. Aun así, tus bragas favoritas acabarán siempre con manchas marrones de reglas sucesivas por muy limpias que estén. Y, de nuevo, estará bien.

FUENTE: EL PAÍS (Silvia Nanclares) 15 NOVIEMBRE 2017

COMO GESTIONAR LOS SEIS SEGUNDOS QUE PUEDEN CAMBIARTE LA VIDA (A PEOR)



Seguro que alguna vez has hecho algo en caliente y después te has arrepentido. Puede ser responder rápidamente un email que te ha molestado o decir lo primero que se te pasa por la cabeza ante un comentario desafortunado. Lo que sea, que no haya sido meditado.

Entre esa respuesta incendiaria y nuestra capacidad de razonar pasan al menos seis segundos. Veamos cómo funciona nuestro cerebro y qué podemos hacer para pulsar el botón de pausa en este tipo de situaciones.

Tenemos dos partes diferenciadas en nuestro cerebro, podríamos decir de un modo sencillo: la corteza cerebral, con la que razonamos; y el sistema límbico, el encargado de las emociones. En este último, se encuentra nuestra amígdala y la responsable, fundamentalmente, de registrar respuestas automáticas ante las amenazas, como la huida, el ataque o la inmovilidad. Cuando algo despierta nuestra emoción con intensidad, consigue que nuestra amígdala se inflame y que respondamos de manera automática, sin pensar demasiado. 

Es decir, contestamos al email enfadados sin valorar si es lo más adecuado. El motivo es evolutivo. En la época de las cavernas dicha respuesta nos podía salvar de un mamut, ahora no tiene mucho sentido si es un mensaje del jefe. Pero así somos. Todos tenemos un botón caliente, que provoca una respuesta exagerada. 

Lógicamente, el umbral para que se pulse dicho botón dependerá de la persona. Hay quien salta a la mínima de cambio y hay quien tiene muchas más tragaderas. Dependiendo de nuestra edad, nuestra forma de ser y el entrenamiento que tengamos, podremos frenar el botón caliente por otro, el “botón de pausa”.

El “botón de pausa” es aquel que impide que actuemos con lo primero que se nos pasa por la cabeza durante los primeros seis segundos. Dicho botón se entrena a través de diversas técnicas y tiene como objetivo que la corteza cerebral tome las riendas lo antes posible. ¿Cómo lo pulsamos? La primera clave es desviar la atención. En vez de repetirnos la ofensa que parece que hemos tenido, necesitamos trasladar nuestra atención a nuestro cuerpo como, por ejemplo, sentir los pies en el suelo o fijarse en la respiración. 

Lo ideal es tomar conciencia de la respiración, para que esta sea profunda y abdominal. De este modo, conseguimos distraer nuestra mente y ayudar a que la amígdala se desinflame. Otra técnica que ya nos decían las abuelas es contar hasta 10. En algunos casos, seguro que es necesario contar hasta 100 o incluso, darse una vuelta, porque una vez más el ejercicio físico ayuda a poner el foco en otras cosas.

El botón de pausa también se activa cuando provocamos que se despierte nuestra corteza cerebral, que se consigue haciéndonos preguntas, ¿qué ha querido decir? ¿qué ha provocado que esta persona me haya dicho esto?... Las preguntas nos sacan de la respuesta automática. En otras ocasiones, ayuda “simular la respuesta”. Si lo que te ha molestado es un email, escribes la respuesta tal cual la sientes, pero no la envías. La dejas en bandeja de salida un día. Pasado ese tiempo, probablemente rebajes el tono incendiario. 

También ayuda hablar con alguien para desahogarse y que te ofrezca otra perspectiva. Y por último, la técnica más elaborada consiste en contemplar la emoción sin juzgarla. Esto último se consigue a través de la meditación diaria y es, posiblemente, la mejor manera pero también la que requiere más entrenamiento.

En definitiva, muchas tonterías que hemos hecho en nuestra vida se debe a nuestra intensidad emocional durante los seis segundos que nos gobierna la amígdala. Los años atenúan la respuesta, pero también podemos lograrlo si entrenamos diversas técnicas para pulsar el botón de pausa.

FUENTE: EL PAÍS (Pilar Jericó) 17 JULIO 2017